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Historias de Don Hugo: los clientes que llevan 28 años yendo a Los Prado

·6 min · Por la familia Prado

Una tarde reciente le pedí a mi papá que me contara las historias bonitas de clientes de las carnitas. Llevamos casi 30 años en el local de Av. Paseo de los Leones y nunca habíamos puesto por escrito de dónde viene la gente que nos sostiene.

Sacó la lista de memoria, sin esfuerzo, como quien recuerda hijos. Aquí va una parte.

Don Raimundo, el primer cliente

En 1998, recién abierto el local, mi papá vio pasar a un señor en carro y salió a la calle con una probadita en la mano. "Pruebe, señor." El hombre le dijo "lástima que ya había comido" - pero no se aguantó. Se bajó del carro, probó, y pidió un cuarto de kilo.

A partir de ese día, cada domingo, Don Raimundo llegaba por carnitas para toda su familia. Era vecino aquí en Vistahermosa. Fue durante décadas el cliente número uno del local.

Cuando uno empieza un negocio nunca sabe quién va a ser el primero. Mi papá tampoco sabía. Pero esa probadita en la calle fue el primer "sí" de los miles que vendrían después.

El cliente que creció con el local

Hay un cliente - no diré su nombre porque sigue viniendo - que empezó a venir con sus papás cuando él mismo era niño. Después empezó a venir con la novia. Después se casaron y vinieron juntos. Y ahora, ya con sus propios hijos, sigue viniendo.

Vinieron hace tres semanas, los cuatro.

Mi papá dice que así pasó con varias parejas: "así hay varias parejas que así empezaron a venir". Pero esa frase es lo más bonito que se le puede decir a un negocio familiar - que viste crecer a alguien, y que ese alguien siguió viniendo cuando ya tenía con quién compartir la mesa.

El Sr. Lozano y el mezcalito en el mostrador

El abuelo de la familia Prado tenía un amigo que se apellidaba Lozano. Cada semana llegaba al local - no solo por las carnitas, también por la plática. Mi abuelo le servía un mezcalito en el mostrador y los dos se quedaban conversando un rato.

"Era un tipazo", dice mi papá. "Si mi papá viviera, tendría 90 y tantos años. El señor Lozano también tiene esa edad."

Hay clientes que vienen por carnitas. Hay otros que vienen por costumbre. Y hay otros - los más raros y más valiosos - que vienen porque el local es parte de su semana, parte de cómo se relacionan con el mundo.

El Dr. Caro y los cinco guacamoles

El Dr. Caro es neurólogo. Cada 15 días, a veces cada mes, llega y pide casi siempre lo mismo: 3 o 4 kilos de carnitas y 5 guacamoles. Cuando alguien le pregunta para cuántas personas, siempre responde igual: "para los nietos".

No sabemos si los nietos comen tanto. Pero sabemos que cada domingo, en alguna casa de Monterrey, los nietos del Dr. Caro ven llegar las bolsas con el logo de Los Prado. Y eso, para mi papá, es razón suficiente para seguir parado en el cazo.

El Sr. Barragán de la nevería Tocumbo

Era michoacano, dueño de la nevería Tocumbo de Guadalupe. Bailarín profesional en su juventud. Llegaba al local cada 15 días, gritando con una sonrisa: "¡qué pasó, paisano!".

Era echador. Nos decía que sus paletas eran las mejores del mundo, que sus hijos habían estudiado en el Tec, que él los había sacado adelante. Mi papá le creía. Yo también. Murió hace dos o tres años. Los hijos siguen llevando la nevería.

Hay un código no escrito entre michoacanos en Monterrey: cuando uno reconoce al otro, se saluda. Las carnitas eran el pretexto. La paisanía era el motivo real.

El Dr. Ábrego, el traumatólogo poeta

Llegaba al local bien norteño. Era traumatólogo, maestro, y declamaba poemas. Una vez Don Hugo le mencionó que le dolía la rodilla y el doctor, sin esperar respuesta, sacó su tarjeta y dijo: "saca una cita, aquí está mi teléfono". No estaba preguntando - estaba ordenando.

Ya falleció. Era de los clientes que venían y se quedaban a platicar un rato. Hay menos de esos cada año que pasa.

La pregunta que no tiene respuesta

A lo largo de la conversación, mi papá mencionó varios clientes que durante décadas vinieron cada semana - y de pronto dejaron de venir. Familias enteras. Doctores, dentistas, vecinos, gente de Michoacán. Todos siguen vivos. Pero ya no llegan el domingo.

Le pregunté por qué creía que pasaba. Se quedó callado un rato. Y luego dijo:

"Las familias ya no se juntan como antes los domingos porque los hijos ya están grandes, y luego si a eso le sumas que los papás ya murieron, pues ya no se juntan como se juntaban los papás. Si me explico, o sea, sí tiene que ver mucho eso, mijo. Las generaciones."

Esa frase es la respuesta a todo. Es por qué seguimos haciendo lo que hacemos. Es por qué Don Hugo se sigue parando en el cazo cada jueves a domingo, aunque ya no necesite. Es por qué el local todavía está abierto.

Las familias ya no se juntan como antes. Pero las que se siguen juntando - las que todavía hacen ese esfuerzo el domingo - merecen carnitas que valgan la pena. Eso es lo único que sabemos hacer.

Si llevas tiempo sin organizar una comida en familia, este es tu pretexto. Te esperamos.

¿Te dio antojo?

Pasa por las tuyas este fin de semana

Av. Paseo de los Leones 1330, Monterrey · Jue-Vie 12:30-17 · Sáb-Dom 9-17